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Crisis de Grecia. Que viene el lobo

El Banco Central Europeo advierte de que si Grecia no consigue pagar su deuda, podria producirse en Europa un efecto dominó, similar al que provocó la caida de Lehman Brothers y AIG.

La titánica pelea entre el Banco Central Europeo y los legisladores alemanes sobre la necesidad, o no, de reestructurar la deuda griega ha traído a colación el símil con la quiebra de Lehman Brothers. Lo han utilizado, además de un sinfín de economistas y bloggers, varios miembros del consejo de gobierno del BCE: Jürgen Stark, González Páramo y otros tantos han tirado de metáfora para ilustrar la oposición de la institución europea a la reestructuración de la deuda helena.

En la trinchera de enfrente, con Wolfgang Shauble a la cabeza, políticos del Norte de Europa defienden que quienes tienen deuda griega tienen que participar en el rescate. Postura impecable desde el punto de vista filosófico. Como lo era la oposición del Tesoro estadounidense, en aquellos fatídicos días de 2008, a poner dinero público para salvar a Lehman.

¿Está justificada la alarma del BCE? ¿O es el cuento del lobo? Una quiebra desordenada de Grecia, en la que el país deje de pagar sus deudas, sí sería un caso Lehman Brothers. En este caso, solo una inyección masiva de capital salvaría la banca griega de quebrar en unas pocas horas. Los bancos europeos sufrirían graves pérdidas en su cartera de activos helenos, tanto públicos (el resto de Europa tiene el 60% de la deuda pública griega) como de sus bancos. Los mercados, a su vez, castigarían a la banca europea, y además de desplomar las Bolsas, el mercado de papel comercial y el interbancario se hundirían. Como con Lehman Brothers.

Hoy por hoy, solo un fatal desacuerdo político llevaría a esta posibilidad. Sobre la mesa está la reestructuración. Este escenario, con todo, tampoco es muy halagüeño. En primer lugar, la reestructuración debería ser creíble, es decir, el mercado tendría que pensar que con ella se soluciona el problema heleno. Si es así, el efecto contagio no sería tal pero, en un entorno hipersensibilizado como el actual, convencer a los inversores que detrás de Grecia no irán Irlanda, Portugal o incluso España no será tarea fácil. Además, en este caso, para que el plan sea creíble tiene que aliviar en mayor medida las finanzas helenas. Y para que eso suceda, o bien los contribuyentes ponen más dinero o bien las condiciones para los acreedores son más duras...

Pero ni aun en este caso la catástrofe estaría descartada. Hay varios aspectos fundamentales. Uno, el efecto contable para los bancos que tienen deuda del Tesoro griego en cartera. En función de cómo se contabilice la reestructuración, podrían soportar pérdidas que dañarían su delicada situación de capital. Las Bolsas pagarían cara una nueva oleada de recapitalizaciones forzosas en Europa que multiplicaría por varias decenas de veces la necesidad de capital de las cajas españolas.

Pero el mayor riesgo está, quizá, en el mercado de CDS. Estos seguros contra impago se compran para que alguien, sea para protegerese, sea para especular, reciba dinero en caso de que el emisor de un determinado bono no pague. En este caso, Grecia. Si Grecia no paga, quien tiene CDS griego recibe dinero. Pero, ¿quién lo pone? En el extremadamente opaco mercado de CDS, no se sabe quién ha vendido la protección contra el impago heleno.
Después de la quiebra de Lehman, AIG tuvo que ser rescatada con un buen puñado de decenas de millones de euros para pagar los contratos de CDS que había vendido, tanto sobre Lehman como sobre otras entidades o activos financieros hundidos por la crisis.

En un memorándum de aquel terrible 2008, AIG informó que había vendido derivados por valor de 1,6 billones de euros. Si quebraba, las 1.500 instituciones financieras que compraron estos productos tendrían que valorarlos a cero. El potencial de la onda expansiva era equivalente a varias veces Lehman Brothers, gracias a las bondades de la innovación financiera. Al final el contribuyente puso dinero para salvar a AIG.

El sistema financiero puede verse en una tesitura similar. En cualquier caso, no necesariamente una reestructuración puede desencadenar que se activen los contratos de CDS. Como explica Credit Suisse en un reciente informe, si la reestructuración consiste en un canje voluntario (aunque con incentivos) de deuda antigua por nueva, no se desencadenarían los movimientos de CDS.

En cualquier caso, si como explica nuestro corresponsal Bernardo de Miguel Alemania consigue que la reestructuración sea obligatoria, sí se activarían los contratos de CDS.

La lucha política sigue en su apogeo, con mucho dinero, prestigio y poder en juego. Con las partes implicadas aplicando la llamada estrategia de Sansón (si no nos ponemos de acuerdo yo caigo, pero vosotros conmigo) y el tiempo agotándose. Si la UE y el BCE no se pone de acuerdo, el FMI deja de poner dinero para apoyar a Grecia, y Atenas quebraría. Aunque, vista la experiencia de los últimos dos años, Europa solo tiende a ponerse de acuerdo (y Merkel a recular) en el último minuto de la prórroga.

Fuente: N. Rodrigo (cinco dias)

Crisis europea similar a crisis latina de hace 30 años


Hace 20 años algunos paises de Latinoamerica como Mexico, Uruguay, Argentina y Brasil se encontraron presos de una deuda en dolares de la cual no eran capces de salir. Hoy en Europa, algunos paises se encuentran en circunstancias similares con deudas en euros que no está claro si podran asumir.

La Unión Europea y el Fondo Monetario Internacional creyeron que evitarían la quiebra de la endeudadísima economía helena inyectándole 110.000 millones de euros. Y que de paso se despejarían todas las dudas sobre la solvencia de la periferia de la eurozona. Lo hicieron en mayo de 2010; un año más tarde nada parece haber cambiado. Irlanda y Portugal corrieron igual suerte, y Grecia ya se plantea la suspensión de pagos. Los economistas miran al pasado, comparan, y alertan de que la situación se parece demasiado a la «década perdida» por Iberoamérica.

La exportación de petróleo y las jugosas inversiones —a cambio de generosos intereses— de bancos y grandes compañías norteamericanas permitieron a los países de la región vivir años de bonanza durante la década de los 70. Pero el festín terminó y México, en agosto de 1982, reveló una deuda pública del 74,7% de su Producto Interior Bruto anunciando que ya no podía pagar a sus acreedores. Argentina, Brasil, Venezuela, Chile y Uruguay confesaron luego estar en igual situación.

Hoy, el nivel de endeudamiento de Grecia alcanza el 142,8% del PIB. Portugal llega al 93%, Irlanda al 96,2%, Bélgica al 96,8%, España al 60,1% y la deuda pública italiana roza el 120% de su PIB.

El Gobierno griego se esfuerza para que la historia no se repita. Atenas prepara otro recorte del gasto, nuevas medidas de recaudación fiscal y la privatización de empresas públicas para ahorrar 6.000 millones más y cumplir con los compromisos de saneamiento adquiridos con Bruselas y el FMI para su rescate.

Hace treinta años, el FMI también expidió su habitual receta a México y las demás naciones de la región en coma fiscal: préstamos —es decir, rescates— a cambio de más ajustes y más impuestos. Se aplicaron durante casi diez años pero no surtieron efecto. La región no sólo no levantaba cabeza sino que su situación empeoraba. No tuvieron más salida que la suspensión de pagos.

La troika (la UE, el FMI y el Banco Central Europeo) analizan ahora en Atenas si los planes griegos marchan como debieran. Todo indica que no. Según la oficina de estadística europea, Eurostat, el déficit público heleno fue en 2010 más elevado de lo previsto, al alcanzar el 10,5%, y la deuda pública escaló al 142,8%, la más elevada del Viejo Continente. La Comisión Europea y el FMI han dado un ultimátum a Grecia: o acelera y profundiza en ajustes y reformas o el país estará condenado a reestructurar su deuda. Esto es, a retrasar o incluso suspender el pago a sus acreedores. Como en Iberoamérica hace treinta años.

Cara y cruz de la moneda

«Son coincidencias», señala José Luis Martínez Campuzano, estratega de Citi España, quien explica que hay diferencias entre la situación de Grecia hoy y la de los países iberoamericanos entonces. «Pero hay un elemento que las hace totalmente comparables», apunta Rafael Pampillón, del IE Business School: Grecia, como México y sus vecinos en su día, tiene que afrontar su deuda en una moneda que no controla.
Iberoamérica se endeudó en dólares.
El precio de las deudas y los rescates de México, Argentina o Uruguay lo fijaba la Reserva Federal en Washington.
Grecia se maneja en euros; la moneda única es también su moneda nacional, pero es el Banco Central Europeo quien establece su valor. Y su presidente, Jean Claude Trichet, ya ha avisado de que su política monetaria no dependerá de la coyuntura particular de cada país.

Y si la divisa es en ambos casos la gran semejanza y traba, en el caso de Iberoamérica fue también la solución. Tras reestructurar sus deudas, los países iberoamericanos pudieron devaluar sus monedas nacionales y así recuperar competitividad y salir de la crisis con fuerza.
Grecia no cuenta con esa opción: no puede devaluar el euro por su cuenta. Por eso se dice que coquetea con salirse del euro.

Entonces, ¿la única salida posible es la suspensión de pagos? «La reestructuración es una consecuencia, es síntoma de que todas las medidas anteriores fallaron», dice Campuzano, quien cree que «Grecia tiene otras salidas, que son dolorosas y que son difíciles de asumir políticamente».
En otras palabras, una reducción del gasto aún mayor y nuevas subidas de impuestos. «Si no puedes devaluar la moneda, sólo puedes ganar competitividad, crecer y salir de la crisis rebajando costes», dice Pampillón, quien estima que Atenas tendría que reducir un 30% sus costes, incluidos los salarios. «Eso es insoportable», avisa.

La recuperación de Grecia se antoja desgarradora. Los economistas no descartan años de crecimiento económico débil o incluso de estancamiento. Con lo que eso conlleva: menos renta disponible, menos servicios sociales, menos consumo, más paro...

Pero ahora parece tarde. Grecia continúa sin dar señales de vida y los tímidos gestos de las autoridades apuntan a la suspensión de pagos. La incógnita para dirigentes y analistas es cómo saldría el país de esa operación. Al fin y al cabo, dice el sambenito, un economista es un experto que dirá mañana por qué las cosas que predijo ayer no han sucedido hoy.
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